
No se suponía que los androides y las androínas se descompusieran a esa edad, menos que presentaran desperfectos que afectaran su memoria reciente. Por eso a Kael, que se había casado con una hacía un año, se le hacía difícil comprender por qué Kharis, su mujer, llevaba dos días repitiendo textualmente a cada rato sus diálogos.
Pensó mencionárselo, pero sabía lo orgullosa que era, después de todo, ya eran quince años de convivencia, aunque solo uno de casados. “Ese orgullo es tu mejor virtud”, le decía a veces, a lo que ella respondía: “Querrás decir mi mayor defecto”. Pero a él le encantaba, la hacía ver más humana. El matrimonio entre homo sapiens y androides había sido finalmente legalizado, y aunque la mayoría de los decendientes de Adán y Eva aceptaban a los andros como una raza igual, todavía quedaban unos cuantos que no aceptaban ese tipo de vínculo en el que los contrayentes eran tildados de “traidores de la raza humana”.
Kharis se cansaba de las afrentas de fanáticos sapiensistas, le hacían recordar las similaridades entre su lucha y las luchas por los derechos civiles humanos en siglos pasados. Ahora se repetía la historia.
Físicamente, los andros eran iguales a los seres humanos, a lo mejor algo más proporcionados, por su ingeniería genética, y más organizados, por su cerebro manufacturado. Eran una mezcla machina y sapiens, el electrónico y el orgánico. Se caracterizaban por ser pacíficos y dados al buen humor, no obstante no se dejaban atropellar fácilmente y se mantenían firmes en sus ideales, aquellos que en un pasado los hicieron ser esclavos. Kharis no era diferente y, aunque era una andrina muy independiente, era también muy cariñosa. Por eso cuando, le repitió esa tarde las mismas palabras que le había repetido verbatim las dos tardes anteriores, Kael se preocupó mucho. Llamó al androgaleno.
—Tráigala inmediatamente.
A Kael se le hizo un poco difícil explicárselo, no porque no lo entendiera, sino por ese orgullo suyo. Kharis trató de insitirle varias veces que ella podía ir sola, pero Kael no la dejaría, sabía que en ese estado era un poco peligroso. Ellá volvió a repetir una frase del día anterior y él se lo dejó saber con mucha tristeza.
Tenía algo de miedo, nunca la había visto así y, de hecho, nunca le había tocado llevarla al androgaleno, pues siempre había ido sola. Su esposa decía que a él no le gustaría lo que vería, así que le ahorraba el disgusto. Esto lo hizo pensar un poco en sí, no recordaba la última vez que había ido al médico, le parecía más una memoria insertada que algo real. Además, sus recuerdos tampoco estaban muy claros antes de sus siete años, cuando sus padres, bueno, sus padres adoptivos lo recogieron de aquella casa donde encontraron a un hombre muerto con otros siete niños de su misma edad todos desvestidos y con señales de maltrato. Después de esto, su vida fue mejor.
Recordó el momento en que conoció a Kharis. Quedó prendado de inmediato. Para ese tiempo, solo había conocido una sola androína, Eufrosina, que ayudaba a sus padres con los quehaceres de la casa. Sus padres se la presentaron como la hija de Talía, la mejor amiga de su madre, que en paz descanse, en su fiesta de cumpleaños y desde entonces son mejores amigos.
Era esto lo que le asustaba más, que al tratar de “repararle” su mente le borraran sus memorias, esas memorias que hablaban de su amor prohibido.
La adrospicia era un lugar enorme, que parecía un complejo esotérico, pero al entrar a la oficina de espera le pareció un lugar acogedor. No tuvieron que esperar mucho, la mectreira los atendió rápidamente. Sacó a Kharis aparte y le dijo algo que Kael no pudo escuchar. Se quedó solo en la oficina. Las luces se apagaron y sintió una corriente pequeña en la parte de atrás de su cuello, esa parte que su esposa le acariciaba con cremas todas las noches. Se sintió tranquilo y durmió.
La cama estaba más cómoda que de costumbre y se levantó con ánimos de besar a su esposa, pero no estaba a su lado. Fue a la cocina y allí la encontró, haciendo el té “especial” que le hacía religiosamente cada mañana. Hoy cumplían 15 años de casados y, aun cuando las androínas no envejecían muy rápido, a Kharis la edad no le favorecía, aunque Kael la veía siempre hermosa, sin embargo, él no se veía de más de treinta y tres.


